loadingpls wait
loadingpls wait
àndale
Estrategia de marca | 6 min de lectura

Antes del logo hay una idea (y cuando no la hay, se nota)

Fernando Ambordt
Written by
Fernando Ambordt

La mayoría de los proyectos de identidad que salen mal no salen mal por el diseño. Salen mal porque nunca hubo una idea abajo del diseño, y sin idea la discusión se vuelve una pelea de gustos que gana el que tiene el cargo más alto.

Hay una escena que se repite en casi todos los proyectos de marca: la presentación de rutas visuales. Tres propuestas sobre la mesa, el equipo del cliente mirándolas, y alguien que dice “a mí me gusta más la del medio”. Nadie sabe muy bien por qué. Se vota, gana una, y arranca la producción.

Ese momento es el síntoma. Cuando la única herramienta de decisión disponible es la preferencia personal, es porque antes no se construyó ningún criterio. Y el criterio, en branding, tiene nombre: concepto rector.

Qué es un concepto rector

Un concepto rector es una idea que se puede enunciar en una frase y que después ordena todas las decisiones del proyecto. No es un eslogan, no es una promesa publicitaria y no es la misión de la empresa. Es la lógica interna que explica por qué el color es ese, por qué la tipografía tiene esa personalidad, por qué la marca dice “vos” y no “usted”, por qué el envase se abre así.

Funciona como una constitución: no resuelve cada caso puntual, pero permite discutir cada caso puntual con un argumento que no es “me gusta”. La diferencia práctica es enorme. Con concepto, la reunión de aprobación dura veinte minutos y se discute si una pieza cumple o no cumple. Sin concepto, dura dos horas y se discute quién tiene mejor gusto.

Cómo se reconoce uno bueno

Hay tres pruebas rápidas que sirven bastante.

La primera es la prueba de la discusión. Un buen concepto se puede discutir: alguien razonable podría estar en desacuerdo. “Calidad y compromiso con el cliente” no es un concepto, es una obviedad, porque ninguna empresa del planeta sostendría lo contrario. Si nadie puede oponerse a tu idea, tu idea no dice nada.

Si nadie puede oponerse a tu idea, tu idea no dice nada.

La segunda es la prueba de la fertilidad. Un concepto sirve si produce decisiones. Poné la frase al lado de un problema concreto —qué tipografía, cómo respondemos un reclamo, cómo se llama la línea nueva— y fijate si te ayuda a elegir. Si no te ayuda a elegir nada, es literatura.

La tercera es la prueba del competidor. Tapá el nombre de tu cliente y poné el de su competencia directa. Si la frase sigue funcionando igual de bien, no es un concepto propio: es una descripción de la categoría. Sirve para cualquiera y por lo tanto no sirve para nadie.

De dónde sale

No sale de una lluvia de ideas de dos horas. Sale de tres lugares que hay que recorrer antes de dibujar nada.

El primero es el negocio: qué vende realmente la empresa, a quién, con qué margen, contra quién compite y qué la hace elegible hoy. Buena parte de lo que después parece intuición creativa es en realidad haber entendido bien el modelo de negocio.

El segundo es la tensión. Casi todas las marcas interesantes viven arriba de una contradicción: querés crecer sin perder la cercanía que te trajo hasta acá, querés ser accesible sin parecer barato, querés modernizarte sin traicionar cuarenta años de historia. Esa tensión no se resuelve, se administra. Y el concepto suele ser la forma de administrarla.

El tercero es la verdad de producto. Algo que la empresa hace, hace bien y puede probar. El concepto que no se apoya en ninguna verdad verificable se cae solo en el primer contacto real con un cliente.

La parte incómoda

El trabajo conceptual es el menos vistoso de un proyecto de branding y el más difícil de vender. No se puede colgar en la pared. Cuando presentás una plataforma conceptual, en la sala hay silencio; cuando presentás un logo, hay reacción. Eso empuja a muchos equipos a saltear la etapa y arrancar por lo visual, que es lo que genera entusiasmo rápido.

El costo de saltearla aparece después, y es caro: identidades que se ven bien en la presentación y se desarman a los seis meses, cuando hay que aplicarlas a treinta piezas que nadie previó. Sin una idea que las ordene, cada aplicación nueva vuelve a abrir la discusión desde cero.

Cómo se documenta

Un concepto rector bien documentado ocupa poco. Una frase que lo enuncia, un párrafo que lo explica, tres o cuatro implicancias concretas —qué significa esto para el color, para el lenguaje, para el packaging, para el modo de atender— y un puñado de ejemplos de lo que sí y lo que no. Eso alcanza.

Los documentos de cien páginas que nadie abre son el modo más elegante de que una estrategia no se aplique nunca. Si el concepto no se puede explicar en una reunión de diez minutos a alguien que recién entró a la empresa, todavía no está terminado.

Al final, un buen concepto se nota en algo muy simple: la marca empieza a tomar decisiones parecidas aunque las tomen personas distintas. Eso es coherencia, y no se consigue con un manual. Se consigue con una idea que todos entendieron.