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Estrategia de marca | 6 min de lectura

Posicionamiento: la disciplina de renunciar

Fernando Ambordt
Escrito por
Fernando Ambordt

Si le preguntás a diez empresas cuál es su posicionamiento, ocho van a responder con una frase que su competidor directo podría firmar sin cambiar una coma. Eso no es un problema de redacción. Es un problema de decisión.

Posicionar es elegir un lugar en la cabeza de alguien. Y como ese lugar es limitado y ya está bastante ocupado, elegir uno implica necesariamente resignar otros. Ahí está la parte difícil: el posicionamiento se define tanto por lo que decide dejar afuera como por lo que abarca.

Casi todos los posicionamientos vacíos tienen el mismo origen. Alguien no quiso renunciar a nada.

Casi todos los posicionamientos vacíos tienen el mismo origen: alguien no quiso renunciar a nada.

La fórmula, y por qué no alcanza

Hay una estructura clásica que sirve para ordenar la discusión: para tal público, que enfrenta tal problema, la marca es tal cosa que ofrece tal beneficio diferencial, y esto se sostiene porque tal prueba.

La estructura es útil, pero completarla no es el trabajo. El trabajo es defender cada casillero. Cada uno esconde una decisión incómoda: elegir un público implica dejar públicos afuera; elegir una categoría implica competir contra unos y no contra otros; elegir un beneficio implica que hay otros beneficios que tu marca no va a ser la mejor en ofrecer; y exigir una prueba implica que la mitad de las cosas que la empresa quiere decir no se van a poder decir.

Tres pruebas rápidas

La prueba del competidor. Reemplazá el nombre de tu marca por el de tu competencia directa en tu enunciado de posicionamiento. Si sigue siendo igual de verdadero, no tenés posicionamiento: tenés una descripción de tu categoría.

La prueba de la renuncia. Preguntate qué tipo de cliente deja de tener sentido para tu marca a partir de esta definición. Si la respuesta es “ninguno”, no decidiste nada. Un posicionamiento que le sirve a todo el mundo no le resulta especialmente atractivo a nadie, y termina compitiendo por precio, que es la única variable que queda cuando no hay diferencia percibida.

La prueba de la prueba. Por cada afirmación, pedí la evidencia. Si el diferencial no se puede demostrar con un dato, un proceso, una capacidad instalada o una experiencia verificable, es un deseo redactado en presente.

La categoría importa más que el atributo

Se discute mucho el adjetivo y poco el sustantivo. Y el sustantivo —en qué categoría te ubicás— define contra quién te comparan, qué precio parece razonable y qué expectativas trae el cliente.

La misma oferta ubicada en dos categorías distintas produce dos negocios distintos. Un mismo servicio profesional presentado como “proveedor” compite por precio contra otros proveedores; presentado como “socio estratégico” compite por confianza contra consultoras. Mismo trabajo, distinta vara, distinto margen.

Por eso la pregunta “¿en qué categoría estamos?” viene antes que “¿qué nos hace mejores?”. Elegir bien el estante mental hace más por el margen que cualquier ajuste de mensaje.

El precio es parte del posicionamiento

Un punto que se trata como si fuera de otra área. El precio comunica antes que cualquier pieza de comunicación: es una señal de calidad, de público objetivo y de ambición. Una marca que se posiciona como premium y cobra como el promedio de la categoría está diciendo dos cosas contradictorias, y el cliente le va a creer al precio.

Al revés también pasa, y es más doloroso: empresas con capacidades reales que cobran poco porque su marca no sostiene un precio mayor. Ahí el trabajo de posicionamiento tiene un retorno bastante directo y medible.

Cómo se valida

No con encuestas de preferencia. Preguntarle a alguien si le gusta una frase de posicionamiento da información de baja calidad: la gente responde con amabilidad, no con criterio de compra.

Lo que sí sirve son las entrevistas en profundidad con clientes reales, sobre todo con dos grupos: los que compraron hace poco, que todavía recuerdan qué los decidió, y los que evaluaron y eligieron a otro, que suelen ser la fuente más honesta de todas. Preguntar qué alternativas consideraron, qué los hizo dudar y con qué palabras describen lo que hacés cuando se lo cuentan a un tercero.

Esas palabras textuales valen oro. Suelen mostrar que el mercado percibe la categoría de manera distinta a como la empresa la piensa desde adentro.

Cuándo se revisa

Un posicionamiento no se cambia por aburrimiento. Se revisa cuando cambia algo estructural: el negocio se corre de categoría, aparece un competidor que se apropia de tu terreno, la escala de la empresa cambia lo que puede prometer, o el público al que le vendías dejó de ser el que sostiene el negocio.

Fuera de esos casos, la mejor decisión suele ser la más aburrida: sostener lo mismo durante años, con paciencia. El posicionamiento no se construye por brillantez de la definición sino por repetición. Y la repetición es incómoda justamente para quienes están adentro de la empresa, que se cansan del mensaje mucho antes que el mercado, que recién lo está empezando a registrar.